Flyfishing: Día #1

Primeros lances a mosca

Y por fin, después de tanta búsqueda de información y consejos, y de adquirir el equipo mínimo, uno tiene que ponerse manos a la obra y “lanzarse” a sí mismo, como si de la mosca se tratase… si. Ya ha sido demasiada teoría, esto, como practicamente cualquier habilidad en la vida, solo se consigue a base de práctica. Ya vamos con retraso suficiente como para permitirse más lujos al respecto.

Ahora que estoy escribiendo estas líneas puedo decir que el resultado es muy positivo: alentador y cargado de entusiasmo. Pero desde luego el principio ha sido duro. A un lado dejaré el infierno que me suposo llevar a cabo el famoso nudo “nail knot” para atar el bajo cónico a la línea… no le quiero dar “más vueltas” (jeje, humor sin límites) y dejarlo simplemente como algo resultante de la falta de práctica con el susodicho; varias decenas de videos y otros tantos de fotos paso a paso… pero nada, el jodido acababa hecho una maraña justo al retirar la “aguja” al final del todo… Me olvidaré por ahora, si, hasta el día que tenga que hacerlo a pié de río, claro… ya me acordaré, ya.

Hay muchos demonios entorno a la pesca a mosca. Desde fuera, parece complicado, y si encima algún compañero también te dice que tiene el equipo, pero que ha desistido porque no le pilla el punto, o porque le cuesta mucho eso de lanzar, pues es justo lo que no viene bien el primer día de flyfishing. Sobretodo si ese primer día lo hace uno en solitario. Se va con valor y con muchas ganas, pero también con la mochila llena de temores. En mi mente cientos de líneas estudiadas: artículos, libros, tutoriales de internet; ¡y otras tantas horas de videos didácticos! Esto no puede fallar, ¡controlo la teoría!

Los primeros cinco minutos fueron muy desalentadores. Aquello era un churro, un trozo de cuerda inerte, sin fuerza, muerto… un desastre. En mi mente volaban las ideas relacionadas con la perdida de tiempo, esfuerzo y dinero. No es que esperase dominar el lance en el primer minuto… ¡pero es que aquello estaba muy lejos de parecerse a lanzar una mosca! En esos momentos, la determinación, las ganas y la ilusión tienen que tomar las riendas de nuevo, para volver a centrarnos, y recordar esas pautas básicas del lance: mover el brazo, no la muñeca, la aceleración, la parada… ¡pero sobretodo la espera! (aún no, todavía no cargues hacia delante… mejor pasarse un poco que anticiparse).

Si la parada brusca es fundamental para cargar de energía la línea y que ésta salga disparada, la espera lo es todo… puede suponer el total fracaso o el éxito rotundo. Ahora entiendo por qué Manuel Iglesias, en su libro El lance práctico en la Pesca a Mosca, recomienda al principiante – pero sin abusar – sobrecargar la caña con una línea de peso superior a la especificada en la caña (en mi caso, pues una #6 en lugar de #5), para que el novato pueda advertir sin lugar a dudas el momento en el que la línea, durante el lance trasero, se encuentra completamente estirada, suponiendo el fin de la espera y el comienzo de carga del lance delantero. Sin poder practicar con dicha sobrecarga, no queda más remedio que emplear la técnica visual – como Don Manuel obviamente también recomienda como algo necesario para el novato -, para ayudarnos a sincronizar el movimiento, a no anticiparse e incluso a afinar los sentidos para percibir ese leve tirón que la línea genera al final del lance trasero. Pues mano de santo… la luz al final del tunel, y la mosca proyectada, más o menos, donde se supone que debe de estar.

El resto de la sesión, superado el pozo inicial, se convierte en tremendamente productivo… Eso sí, hay que olvidarse de la pesca propiamente dicha… ya habrá tiempo. Ahora toca lanzar, lanzar y lanzar… probar a soltar línea, a ver como el lance arrastra la reserva que dejamos fuera del carrete, e incluso a atraverse con la tracción… ¡hasta la doble tracción! Por qué no… es la única forma, lanzar una y otra vez… fallar muchas veces, pero acertar otras no pocas. Incluso un poco de viento aparece en escena. Efectivamente, si nos entra por la izquierda, ¡todo más fácil!

Apenas unas horas de práctica, y mucho todavía por aprender y dominar pero, ni en la mochila ni en el chaleco, hay sitio ya para demonios. Ahora toca disfrutar del camino.

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